Ya no tendrá que levantarse cada día a las 6 de la mañana, para nadar y soportar sus dolores de espalda con la dignidad que le caracteriza, ni pararse a pensar si su humor británico, y socarrat también (como lo de la envidia a Bermejo), es oportuno y comprendido. Ni tendrá que prohibir a sus colaboradores explicar que cuando dijo esa frase, su madre agonizaba —murió esa misma noche—, meses después de haber enterrado a su hermano. Ni siquiera tendrá que hacer chistes sobre sus ojos enfermos. Porque todo esto, y mucho más, a Solbes le produce mucho, muchísimo pudor. Vergüenza incluso. Pero como hoy es el día de la liberación, se pueden romper también algunas de esas promesas.
Y si esto fuera Inglaterra, a ese señor, que pasó de funcionario gris y triste a discreto ministro que alardeaba de no dar grandes titulares hace tiempo —en el ultimo año, los titulares procedían de La Moncloa o de los colegas más sorprendentes—, y a exitoso descubrimiento frente a Manuel Pizarro, pronto se le nombraría Lord.
Ana R. Cañil, soitu.es

